De los riesgos de la tirada de un arcano y de cómo mejorarla. La historia de Fortunato Melancólico”

     La intimidad con cada arcano debe cultivarse a lo largo de muchas vivencias. Hay que sumergir cada uno de ellos profundamente en el mundo interno. Allí, con tu persistencia, tu voluntad y tu imaginación, el arcano se relacionará con todos tus paisajes. Con la práctica, el arcano dará voz a las criaturas más profundas y a las más elevadas que se arrastran, nadan o vuelan en tus sótanos, mares y cielos más allá de las palabras.

     Jugársela a una carta, con sentido común, ayuda a desarrollar esa intimidad. Voy a darte una pequeña guía.

Leer el mapa de un arcano

     Quiero que pienses un momento en esto: cuando lees un mapa, sabes adónde mirar. Sabes dónde estás y dónde quieres llegar. Buscas cuál es el camino más corto, el más rápido, el más bonito, el más largo… Al mirar un mapa visualizas puntos de referencia que conoces para ubicarte y saber por dónde ir.

     Es decir, cuando miras un mapa haces un montón de cosas sensatas que no piensas que estás haciendo.

     Esto nos enseña dos cosas:

               -Una, tienes clarísima tu necesidad.

               -Dos, cuando consultas un mapa sigues un guión que conoces perfectamente.

     Vamos a aplicarlo, tal cuál, al mapa de la tirada a una carta.

Acota tu pregunta

 

     Hemos dicho que cuando consultas un mapa sabes dónde estás y adónde quieres llegar.

     No consultas un mapa para buscar un sitio que no sabes como se llama desde un lugar que tampoco. En un mapa buscas, por ejemplo, el Carrefur o Almendralejo y cómo llegar allí desde La Plaza Mayor.

     No se puede sacar una carta porque la novia lo ha dejado a uno. Sí se puede sacar para ver dónde ha estado el problema o para aconsejarse de la mejor forma posible.

Aclara qué buscas exactamente

       Pon nombre a lo que buscas. Te paso dos ideas muy sencillas para acotar el significado de la carta única:

               1.- Buscas consejo: lee el arcano como acción a realizar.

               2.- Quieres resolver un problema: lee el arcano como la equivocación cometida.

     Es decir, no saques un arcano para darte cuenta, a calzón quitado, de que ahora no sabes si tienes delante el mapa del tesoro o el Mordor.

Ejemplo de “Jugársela a una carta”. La historia de Fortu.

     Fortunato Melancólico, ebanista, 37. De Trujillo. Su novia lo dejó el jueves pasado, dijo que por soso pero que no era por él, cariño, es que ella necesita un hombre de verdad.

     Míralo ahí, mal llorado (Los de Trujillo no lloran, coño) con la resaca de la borrachera que no le ha servido más que para tener resaca, y con el tarot nuevecito que se compró hace unos años al leer un libro de Jodorowsky que le encantó.

     Afortunadamente para él, tipo sensato, sigue este blog y está leyendo este post. Va un poco por detrás que tú y yo. Boli en mano Fortu está en las instrucciones, aclarando qué necesita exactamente y eligiendo una de las dos opciones sugeridas a aplicar al arcano.

     Fortu cierra los ojos para hacerse la pregunta. Decide echarle huevos (trujillano) y sacarse una carta negra, una que le indique dónde ha estado exactamente el fallo en su relación con Eloísa. Está dispuesto a aceptar lo que sea porque no quiere pasar por esto nunca más.

     Va bien: sabe dónde está y adónde quiere ir (o adónde no, que no es tan concreto pero le ayuda un montón).

     Y allá va Fortu, lo más tranquilo que puede en la circunstancia. Baraja decidido, extiende y saca. Está dispuesto a que le salgan el esqueleto o la torre. Una carta negra oscura que le diga lo que no quiere escuchar para arreglarlo de una vez y no volver a pasar por este infierno.

     El sol. Naipe XVIIII

     No hay carta menos oscura en todo el mazo.

     Manda huevos.

     Y Fortu, que iba en plan piquero de tercio esperando la carga francesa, se ve de pronto sin paisaje, sin enemigo, sin camaradas. El ocaso del guerrero. O no. De ocaso nada. El sol brilla en el centro de la mesa como lo que es, el despuntar del alba, la aurora (¡La Aurora!, la del tercero… No, que ésa está casada…).

     -¿Y cómo hago yo negativo esto? -se dice el de Trujillo, descartada la aurora, intentando oscurecer el sol y la pareja de niños rubios desnudos-. “¿Que ya no hay un nuevo sol para mí? ¿No hay un mañana con otra pareja?… ¿Que me voy a quedar solo y soltero en la vida?”, piensa Fortu.

     Pero a lo hecho pecho. A leer el mapa. 

     -¿Cómo puede ser el sol un problema? ¿Cómo puedo interpretar negativamente a dos niños que son el mismo niño ayudándose a sí mismo?

     Ya está, ya lo ha pillado…

     …Pero aún no se ha escuchado del todo. La consciencia ha relampagueado al fondo del paisaje, aún lejos del bosque de las palabras. Lo ha sentido con la misma fuerza que sus dudas acerca de la tontería que está haciendo. Como es un tipo atrevido, Fortu decide seguir más allá de las dudas.

     -Ni pajolera idea -piensa sin ninguna duda-. ¿Cómo interpreto esto de manera negativa? ¡La Torre! ésa sí que es negativa, los dos maromos caen al piñazo perseguidos por el rayo y los escombros.

     Pero no es la torre.

     Sol y niños.

     Eloísa, la ex, le decía que él era como un niño y ella necesitaba un hombre. Y él lo intentó. Se apuntó, como ella a kick boxing, a crossfit y a ashtanga yoga. Aguantó un esguince, varios KO y una sobrecarga en los aductores que aún recordaba a cada paso.

     Intentó hacerse el hombre que Eloísa quería, y ahora que lo pensaba, lo que descubría era que los tíos de kick boxing lo trataban con más escrúpulo que ella. Que le daban de frente, reglamentados, él con coquilla y casco, y en cuanto caía dejaban de darle.

     -¿Va a ser que soy gay? Se le pasa por la cabeza. Creo que no pero los gays dicen que todos los tíos mentimos, y ellos saben de ser gays. Fortu mira a los niños del naipe. Dos niños en pelotas al sol ¿Eso es gay? ¿Tengo que salir del armario? ¿Ése es mi problema? ¿Es que no soy un hombre? ¿Tiene razón Eloísa? Entonces se acuerda del fornido Bernardo, atlético pegador del gimnasio, el hombre ideal de Eloísa, todo cacha, sudor y tinta. Bernardo es rápido de reflejos, ansia viva en la mirada de rizadas pestañas negras y los modales de un caballero. Un tío con toda la planta.

     Bernardo es gay.

     Pensándolo ahora más de cerca, Fortu descubre que Bernardo a la que ponía era a Eloísa y no a él. “Va a ser que no soy gay, al menos de momento”, concluye, “Que si no me altera Bernardo, no hay tío que lo haga”, piensa. “Él me machacaba el hígado como un caballero, casi con aprecio, y sólo después del tercer aviso. Que lo hacía por mí, vaya, para que aprendiera a cubrirme. Nunca le vi un mal gesto ni un abuso en el ring. Todo un hombre”

     “…¡Se joda bien jodida la Eloísa!”, concluye con mueca feroz Fortu, elevándose un poco el ánimo.

     La ácida revancha le quita un poco el óxido acumulado en el húmedo, lloroso, paisaje interior. Mirando el sol vuelve sobre algo que ha dicho, o no ha dicho pero iba por detrás de lo que sí ha dicho. Se dice:

     -No soy un hombre de verdad… No. No era eso. El sol, los niños, el sol, los niños…

     -No soy el hombre que quería Elisa. Eso tampoco. El sol, los niños, el sol…

     -¡Pero bien que he intentado ser ese otro que ella quería! El sol, los niños

¡BUM!

     Como dicen en México, a Fortu le cae el veinte.

     Está clarísimo: su problema es que no ha sido él mismo. Con Eloísa siempre ha intentado ser otro. El hombre ideal de Eloísa.

     El mapa del sol empieza a iluminar el camino desde el horizonte.

     Fortu tocaba la gaita a escondidas y bajito (difícil de narices) porque Eloísa se burlaba de él . Había cambiado su manera discreta de vestirse por una agresiva y cara. Hasta se había tuneado el coche.

     Fortu mira la carta mientras las hermosas criaturas ahogadas de su mundo interno comienzan a nadar hacia arriba, hacia el aire.

     Se da cuenta de lo que echa de menos la gaita. Ve a uno de los dos niños del naipe fuera del agua.

     La parte ahogada de Fortu sale del agua y respira por primera vez en mucho tiempo.

     Se da cuenta de que el niño que está fuera tira del otro, ayudandolo a salir entero a la luz plena, radiante.

     Le llegan las palabras que lo explican todo.

     -Será puta.

     …No eran esas… Esas no significan nada. Pero abren puerta a las que sí.

     -La puta he sido yo -se dice convencido-, que me he vendido a su cariño y me he ahogado a mí mismo para comprar su afecto.

     Fortunato Melancólico ve la historia clarísima ante él y entiende su problema: para agradar a su pareja ha escondido sus deseos, ocultado sus emociones, sus pensamientos, desatendido sus necesidades. Se ha metido -y ha mantenido, apretando- la cabeza, los pulmones, la boca, el corazón y todo lo demás bajo el agua. Eso no es amor, es miedo. Casi -piensa Fortu- es odio.

     Odio hacia sí mismo. Por miedo a estar solo…

     “Pues eso se acaba aquí”

     Fortu suspira profundamente sin darse cuenta. El aire le entra hasta ese yo interno, desahogado, chorreante, que le pone palabras:

     -Fortu ¿Nos vamos a tocar un poco la gaita? -dice el niño rubio más seco al otro niño rubio, bajo el sol radiante.

     -¡Y bien alto! -se responde Fortu desde el otro niño del naipe, que ha sacado de dentro-. Menos mal que no me hice todos los tatus samurais tribales que me pedía Eloísa. Ahora sólo tengo que tachar su nombre del brazo ¡Y voy a hacerlo con un sol tocando la gaita!

     Y levantando la gaita al amanecer de su nueva luz, como Escarlata O´Hara el rábano, pone a Dios por testigo de que nunca, nunca, volverá a ahogarse a sí mismo (Si Eloísa lo viera ahora se empaparía las ansias hasta las zapatillas, pero ella está en el blog del opus, leyendo el post de cómo reparar desviados. Suerte con eso)

     Y Fortu se pone a tocar a full la muñeira de Tormaleo. Bordada, oye.