Vuelvo con Inanna. Debía la conclusión de estos dos posts anteriores.

https://elartedelacalma.com/te-desafie-en-el-nombre-de-tus-dioses/

https://elartedelacalma.com/inanna-y-el-tarot/

Lo inmutable ha dejado de serlo. Lo imposible ha sucedido. Un nacimiento se ha producido en La Casa de La Muerte.

La diosa del cielo y la tierra, la sabiduría y la fertilidad, ha nacido en el infierno. Ha estado pudriéndose tres noches colgada de un gancho, las tres noches sin luna del calendario.

Lo que no puede ser ha sido.

(Tal vez más adelante dé interpretaciones jugosas de todos estos temas, pero no aquí. Aquí me limito a contarte el poema casi tal y como lo compone Diane Wolkstein, una extraordinaria narradora oral sobre la traducción de Samuel Noah Kramer. Puedes aumentar la información aquí

Espero ponerte los dientes tan largos que lo leas. A pesar de que creo que su memorización seguramente se hacía con un maestro que ilustraba los recursos dramáticos que conllevaba recitarlo correctamente, tanto su pureza como el escalofrío constante que alberga están ahí desde hace 4.000 años. Lo que te guste de lo que vas a leer, es suyo.)

Inanna ha renacido en el inframundo, el Kur de Ereshkigal.

Las siete puertas del infierno se cierran eternamente tras la espalda de los muertos que bajan de la tierra, pero no retienen a sus propias criaturas. Inanna, muerta y renacida, por tanto criatura del infierno, puede salir. Sin embargo la matemática del Gran Abajo no puede cambiarse. Su salida deja un hueco que debe ser cubierto.

De las cuentas se encargan los galla, los despiadados contables del kur a los que ningún placer del reino terrestre, ni sexo, ni emociones, ni comida ni bebida, ni el bien ni el mal les interesan. Su única finalidad, que cumplen con matemática precisión, es equilibrar el saldo del Kur. Los números no mienten ni se conmueven.

Los galla, insobornables en las cantidades, escoltan a Inanna más allá de las siete puertas  para hacer caja con el primer humano que se encuentren.

Desgraciadamente la primera en recibir a Inanna y a sus acompañantes en la ciudad más cercana al inframundo es la fiel Ninshubur, la guerrera que se enfrentó por ella contra los dioses más allá de toda esperanza. La que consiguió el auxilio que la haría renacer. La valiente guerrera, vestida con los harapos ensangrentados del duelo, se arroja feliz y profundamente conmovida, ante su señora.

Los galla van a cuadrar el balance tomando a la poderosa Ninshubur, que no opone resistencia, pero Inanna los detiene. La diosa enumera todos los leales y difíciles servicios de su “compañero guerrero”, incluida su propia resurrección, y los impertérritos galla… obedecen la orden de Inanna.

En la siguiente ciudad sale a recibirlos el hijo de Inanna, igualmente emocionado e indefenso, arrojándose a los pies de su madre sin importarle la comitiva tenebrosa que la escolta. los galla se adelantan para cerrar caja pero Inanna, alabando emocionada las virtudes de su hijo y su amor y lealtad hacia ella, vuelve a contener a los impasibles números del infierno.

En la tercera ciudad la escena se repite con el otro hijo de Inanna y los contables son, de nuevo, retenidos. Todos ponen rumbo a Uruk, la ciudad de la diosa.

En Uruk, Inanna y los galla llegan al manzano sagrado, el lugar mas íntimo de los amantes, el rey Dumuzi y la reina Inanna.

Flasbac sobre sello de arcilla

(Nótese a la pareja original, el manzano, la serpiente…)

Y allí, el rey Dumuzi, sentado en el magnífico trono junto al árbol sagrado que había compartido con su esposa, toca tranquilamente la flauta, adornado con sus mejores galas y en grata compañía. Al ver a la comitiva tenebrosa se le corta el rollo y se queda muy quieto.

Inanna, encolerizada al ver el escaso pesar de su esposo a sólo tres días de su partida y muerte colgada de un gancho en el infierno, da la orden a los galla. La diosa libera la sabiduría que, en el kur, pagó con su vida.

“Inanna clavó contra él el ojo de la muerte

Habló contra él la palabra de ira

Exclamó contra él el grito de culpa

¡Llévenselo! ¡ Llévense a Dumuzi!”

Y los galla, obedeciéndola por cuarta vez, cuadran el balance.

Inanna se ha revelado en todo su terrible esplendor. No sólo ha venido acompañada de los galla, algo más la acompaña desde el Kur de Ereshkigal: ahora ella es la señora del infierno

Puedes verla encabezando este texto, dueña y señora de los animales de la oscuridad, atando el Gran Arriba y el Gran abajo con su sabiduría. Mira sus alas, ahora plegadas porque aquí está en el  oscuro infierno, y que extendidas la representan como señora del cielo. Y la tienes unos párrafos más abajo como número XV del tarot.

La diosa de la fertilidad ha completado su mito revelándose como diosa de la muerte. Por eso los impasibles galla la han obedecido todo el tiempo sin rechistar.

Dumuzi, tan poco conmovido por la muerte de Inanna como inconvenientemente afectado por su retorno, espabila a destiempo para, a toda velocidad, huir de lo que no se puede huir. Gracias a esa cobardía y a esa estupidez tú y yo vamos a aprender varias cosas importantes. No. Mejor aún. Varias cosas necesarias.

Cómo no se va al inframundo. El descenso de Dumuzi.

Más rápido en valorar la importancia de su supervivencia que la de su esposa, a la que tantas bellas canciones había dedicado en vida y tan pronto olvidó tras partir a su muerte, Dumuzi aprieta a correr pidiendo ayuda a todos sus conocidos.

Dumuzi consigue escurrirse entre los dedos de los galla porque su cuñado el sol, el dios de la justicia, Utu, le concede convertir sus brazos y piernas en serpientes.

Dumuzi escapa a la llanura donde se lamenta de lo que ha perdido. Es perfectamente consciente de que ya está muerto. El infierno ha cerrado cuentas. Sabe que su vida son sólo recuerdos a su espalda. Nada le espera delante, en la llanura, pero él no puede dejar de correr desesperado hacia ninguna parte.

Los galla calculan “¿Quien ha visto jamás el alma de un hombre amedrentado vivir en paz? No irá a casa de un amigo o un cuñado. Sólo en la casa de su hermana puede un hombre así de desesperado hallar refugio”. Los galla van a la casa de Geshtinanna.

Sin saber adónde ir, Dumuzi visita a su mejor amigo, que jura no traicionarlo jamás, y le revela su escondite. Después acude, efectivamente, a su hermana para que lo consuele y guíe.

Dumuzi también revela su escondite a su hermana, y busca su sabiduría para que le interprete el sueño terrible que acaba de tener cuando se detuvo a descansar un momento. La sabia Geshtinanna reconoce claramente en el sueño la muerte de su hermano. No hay poder que pueda contener la vida dentro de Dumuzi que, incluso en sus sueños, ya se ha alejado de los vivos. No da tiempo a más. Los galla llegan y Geshtinanna pide a su hermano que escape.

Dumuzi huye y Geshtinanna planta cara cubriendo la retirada del hermano. Los impasibles galla la ofrecen el obsequio del grano y el agua para que revele su escondite. Geshtinanna no acepta. Acercan el cielo y la tierra a Geshtinanna. No acepta. La desgarran las ropas y vierten alquitrán sobre su vulva. Geshtinanna no habla.

Dumuzi corre.

Los fríos contadores del infierno, no se sorprenden del silencio de Geshtinanna “¿Quién ha conocido, desde el principio de los tiempos, a una hermana que revele el escondite de su hermano?“, se dicen.

Plan B.

Los galla van a casa del mejor amigo de Dumuzi, que acepta el primer soborno que le ofrecen. El hombre los pone, contento, sobre la pista, y cuando Dumuzi asoma la barba, lo vuelve a delatar, de lejos, con cuidado detalle (“Más a la derecha”. “Esperad que se ha movido”. “Ahora a la izquierda”), hasta que lo cazan… pero Dumuzi pide ayuda de nuevo a su único amigo el dios sol Utu, que no puede dejar de verlo todo desde lo alto y quien de nuevo acepta sus lágrimas. Le da manos y pies de gacela y Dumuzi logra escapar otra vez.

Ha ganado un poco de tiempo pero los demonios no comen, no beben, no se conmueven. Sólo hacen una cosa. Dumuzi debe parar para comer, debe beber, no puede dejar de lamentarse de su pérdida. Al perderla… le duele tanto la belleza de su vida… No puede evitar el terror ante lo que le espera, debe planear, debe escapar. Demasiadas cosas. No puede con todo.

Finalmente Dumuzi ya no puede mantenerse por delante de su muerte. Es atrapado vergonzosamente, como un animal doméstico, en el corral de su propia hermana que asiste impotente.

 

Inanna había bajado al inframundo voluntariamente, se había despojado a propósito de su identidad en cada una de las siete puertas, abandonando cuanto conocía de sí misma.

 

 

 

 

 

Su esposo Dumuzi, acorralado, arrastrándose por el estiércol, llorando por su propia pérdida, es obligado por la fuerza a despojarse de todo.

 

“Dumuzi, esposo de Inanna, hijo de Sirtur, hermano de Geshtinanna! “-anuncian los galla- Nada espanta más a Dumuzi que oír su propio nombre en esos labios- “¡Levántate de tu falso sueño!” -sentencian-. Le sacan la vida que les debe a golpes y cuchilladas y se lo llevan atado con un cepo de madera.

¿Fin?

No. Claro que no.

Inanna, amante, reina, diosa de la fertilidad de la tierra, de la sabiduría del cielo, del poder del inframundo que ahora conoce el final de todos los seres, tiene aún algo nuevo que aprender y enseñarnos: 

La compasión. Lo que une la vida y la muerte.

Dumuzi, tras traicionar la memoria de su esposa olvidándola en tres días, es perdonado.

Tras la cólera, Inanna recuerda los buenos momentos con Dumuzi. No hay que olvidar que Dumuzi siempre había sido un magnífico rey y un amante aplicado y devoto. Su romance ha sido tan profundo e intenso que ellos dos protagonizaban toda la bellísima literatura erótica del momento.

Inanna añade a su naciente dolor el de la madre de Dumuzi y, sobre todo, el de su hermana, Geshtinanna. Geshtinanna, valiente y amorosa como siempre, está dispuesta a compartir el destino de su hermano y eso termina de conmover a Inanna. Ambas buscan a Dumuzi. Con su poder aritmético de reina del inframundo, Inanna-Ereshkigal decreta que Dumuzi puede abandonarlo cada seis meses si Geshtinanna ocupa esos seis meses el hueco que él deje. Geshtinanna acepta.

Inanna ha revelado el conocimiento del Gran Arriba y del Gran Abajo, conoce los ciclos sagrados del sol, la luna, y los planetas, conoce las leyes del cielo y las que gobiernan a los hombres, conoce el cálculo perfecto del infierno y es la dueña de sus números implacables, conoce y gobierna el ciclo de la muerte y la resurrección. Y conoce la compasión y el perdón.

Inanna ha recorrido, impulsada por su curiosidad tan inocente como osada, el camino del conocimiento más allá de lo que ella misma amaba, deseaba y temía, más allá de todos los límites conocidos por cualquier hombre o dios. Ha llegado donde nadie había llegado antes que ella, hasta desvelar la íntima unión entre la fertilidad y la muerte y alcanzar su auténtico trono.

Por si quedaba alguna duda acerca de la nueva identidad de la diosa, el canto final de su poema se le dedica ya a Ereshkigal.

Y ahora, un poquito de tarot

¿No has sido Lucifer, la estrella del atardecer cuando te has sumergido en la oscuridad por un deseo que no tiene explicación? Tenías que conocer aquello, porque no hacerlo no era una opción ¿No has sido Lucifer, el portador de la luz, lucero del alba cuando has regresado con un conocimiento que ha iluminado el mundo?

¿No te sentiste colgada de un gancho de carne en el infierno tras haberlo perdido todo? Y sin embargo, renaciste.

¿No te transformó el viaje? ¿No lo cambió todo para siempre?

Hace casi un año empecé un post para hablarte de tablillas mágicas y tierra cocida escrita y dibujada. Iba a hablarte de las escamas de la serpiente, del dragón de las historias, que surca el barro y la piedra, el papiro, la corteza, la madera, el pergamino y el papel. Iba a hablarte de las tablillas de papel del tarot, donde los dioses aún se muestran.

Pero las buenas historias (y la de Inanna es imprescindible, yo sólo la interpreto), se escriben a sí mismas.

Llegó Ishtar con una fuerza imparable que espero que hayas podido sentir lo mismo que yo no he podido dejar de volcar en estos posts. No la llamé conscientemente, pero a ella no la llamas con tu consciencia sino con tu deseo, con lo que vive en tu noche, donde ella brilla.

Ishtar, Astarté, Inanna, Astaroth… En el cielo tú y yo la llamamos Venus

Estrella, Estela, Esther.

Ella es buena parte del tarot… O el tarot entero. Mírala en XI, en XV, en XVII, XVIII, XVIIII y XX. Su Presencia en el cielo, la tierra y el inframundo es evidente.

Y te prometo que si buscas, la encontrarás en casi todas las demás cartas, oculta tras alguno de sus siete velos… o absoluta y majestuosamente desnuda, como en  XV, XVII ó XXI.

Así que aquí estoy, poseído por una historia que me rebasa. Una historia que se lleva a “yo” y me revela una vez más que esa palabra no es el sujeto de la historia de mi vida. El sujeto real es el alma. Y el alma es una vieja, muy vieja y grande, muy grande historia, uno de cuyos temas maestros es Inanna. El lucero del alba. El tercer astro más brillante del cielo que atraviesa la noche y sale triunfante.

La llevamos escrita en el alma, en la memoria de todas las historias.

Y hoy Inanna continúa su viaje. Su mito prosigue… ¿Acaso han cesado el deseo y la muerte? ¿Se ha extinguido en ti o en mí el deseo de conocer?

Descubrirla bajo máscaras modernas es uno de mis placeres. Por ejemplo, yo estudié en un lugar cuyo bello lema es “Sapientia aedificavit sibi domum”, (la sabiduría se construyó su propio hogar) una frase bíblica de Proverbios, que continúa “labró sus siete pilares”. Se supone que es algo muy bíblico, pero ahora ya sabes que, en realidad, viene de mucho antes. Viene del alma, que es el lugar en el que vive la literatura.

Sabiduría, Sofía, protagoniza hasta hoy el erotismo de profundizar y dar dimensión y luz desde la oscuridad al pensamiento correcto, la filosofía. 

Pero además Sofía, Inanna, poseedora de la imaginación y el ansia precisos para conocerlo todo (la sabiduría es deseo, fertilidad, muerte y renacimiento… y compasión), también es la personificación divinizada de la diosa gnóstica (o eón) Sofía, que protagonizó una aventura en la que que atravesó oculta, desde oriente medio, cada página del Antiguo Testamento, viajó paralelamente en los mitos griegos (Perséfone y Hades, Orfeo, Dioniso) y en la propia filosofía. Y por fin recuperó su individualidad en el gnosticismo que reúne, a sus brillantes y personales maneras, judaísmo, helenismo e Inanna, ya con el nombre griego de Sofía.

Sofía viajará personalmente en el cristianismo, tanto en el antiguo como en el Nuevo testamento, en las palabras de los Padres de la Iglesia (no muy favorablemente, por cierto), o en el Apocalipsis en el papel de ramera de Babilonia montada sobre bestia de siete cabezas… Al mismo tiempo los hilos de sus historias se entretejen en muchas de sus tramas

Es muy probable que los templarios la adoraran bajo el nombre de Baphomet (el dr J. Schonfield decodifica el nombre con el conocido -y sencillo- código hebreo de cifrado atbash, con el que Baphomet = Sophia)

Y regresará, aún más sabia, con un pasado más denso, más fuerte, de incógnito a la vieja Europa tras la caída de Constantinopla empujando ante ella la imaginación, la magia y la filosofía que alumbran el Renacimiento.

Su viaje no ha terminado al regresar del Kur hace más de 4.000 años. La curiosidad la sigue haciendo parir nuestras historias, fundamenta nuestra alma.

Crowley, La Gran Bestia, la llamará Babalon y la buscará en todas sus amantes como La Mujer Escarlata.

 

Reaparece en los años ´40 en los manuscritos de Nag Hammadi que lo han cambiado todo aunque a muy pocos nos interesa… y la historia (la mitad de las veces por suerte) puede prescindir fácilmente de la verdad para funcionar.

Además de nutrir el ejercicio de la filosofía, tal vez sea en el tarot, cuyo nombre resuena con el eco del de ella, donde con más facilidad podemos escuchar los mitos que alumbran la oscuridad de nuestra alma, que ella conoce y nos canta con su luz.