¿Cómo valorar tu yoga?

Desde tu corazón. Con tu luz. Valor y honestidad.

Te cuento.

El otro día, Lucas comentó en mi post sobre “Vender yoga” http://elartedelacalma.com/vender-yoga/

“Se nos vende lo que el yoga en realidad no enseña. Y se nos oculta, lo que en realidad enseña”

Y Anaska, de Yoga Pollensa https://www.facebook.com/yogapollensa/, y yo por facebook, comentábamos:

       -Yo: Hay que saber vender, y eso significa que antes tienes que saber

       -Anaska: Ya, y hay quien sabe muy bien cómo vender y otros que saben pero no saben vender.

No es nada extraño que muchos yoguis no saben vender ¿Por dónde empezar?…

Otra persona reaccionó al post de manera diferente. Se compadeció de mí por mi falta de visión (y mi terrible gusto para ilustrar posts de yoga 😉 ) y me dijo que mis escritos eran horribles y puramente personales y sólo me reflejaban a mí. Y tiene razón. Creo que el yoga es una experiencia absolutamente personal. Como es personal que a ella lo que escribo le parezca horrible, que es muy dueña.

El yoga siempre es personal. Es un trabajo íntimo. Su práctica te muestra a ti, no a otro. Para eso, para  vivir en otro basta con permitirnos vivir desde la insatisfacción y el miedo. Basta no querer mirar dentro. Basta seguir buscando culpables fuera.

Sufrir y trascender el sufrimiento momento a momento, trabajar el miedo y el ansia, es un proceso puramente personal. Exige todo tu valor.

Y revela tu valor, vales la paz y amor útiles que liberas en ti y puedes aportar a quienes están cerca. El proceso, el trabajo del yoga, revela lo que vale tu propia, honesta y progresiva liberación de tu sufrimiento. Tu contento.

¿Cuánto vale tu yoga?

 

Ese valor que revelas con los años de práctica, tu yoga,  será algo absolutamente personal, aunque se exprese con palabras francas que suenen a yoga ya dicho. Ese algo absolutamente personal es el valor que puedes aportar a otros.

¿Cómo “vender yoga”? Encuentra y expresa ese valor para que sea útil a otros.

El yoga no es osteopatía o fisioterapia o masaje thai para que tu cuerpo esté perfectamente sano. No es acupuntura para corregir tus desequilibrios. No es fitness. No es medicina. No es expresión personal. Ni siquiera es ayurveda. Tampoco es psicología. Y aunque tiene que ver con todas esas artes, y aunque muchos yoguis las conocen en profundidad, el yoga es, sobre todo, otra cosa. Y esa “otra cosa” tiene tantas definiciones como yoguis, incluso tantas como horas tiene el día de cada yogui. Aunque al final todos coincidamos en el puerto franco de unas pocas frases que, sonando iguales, cada vez significan algo distinto.

Practicar yoga siempre es personal

 

Así que que voy a hablar de mí.

Practicar me permite prestar atención a una actitud de no resistenciaMantiene mi memoria alerta hacia la calma. Cultivar esa paradoja con sensatez erosiona las capas de miedo y violencia que me atenazan y con las que me identifico.

Esa actitud libera la fuerza con la que resisto mi propia evolución, que es mi auténtica fuerza. Ella me ayuda a enfrentar mis miedos y a calmarme ante ellos hasta que, poco a poco, dejan de estorbar mi mirada y ésta alcanza a ver acciones más útiles y bellas al momento.

Y he tardado en comprenderlo, como todos los yoguis, porque no siempre he entendido la profundidad a la que el yoga puede acompañarte. No siempre he comprendido, y aún no siempre comprendo cuándo empujar en mi vida, cuándo estirar, cuándo resistir, cuándo soltar, y sobre todo, lo más importante, cómo dejar y hacer a la vez para que todo fluya con naturalidad…

 

Las mismas palabras, significados diferentes. Valores diferentes.

 

He sentido que la tierra desaparecía bajo mis pies, como profesor y como yogui, cuando he visto la profundidad a la que el yoga ha acompañado a algunos de mis alumnos. Uno no tiene una perspectiva tan amplia sobre sí mismo.

Hace unos ocho años una pareja de alumnos, Estrella y Alfredo, muy queridos por mí, se divorciaron repentinamente. Ambos eran mayores que yo, llevaban más de treinta años casados y tenían tres hijos en distintos grados de independencia. Hasta entonces eran la alegría de la clase. Para mí eran una pareja perfecta. Inteligentes, divertidos, cómplices, despiertos, empáticos. Yo admiraba y quería aquella familia.

Me quedé a cuadros cuando me enteré, pero nada que ver con cómo se quedó Estrella, que también se enteró de repente de que su matrimonio se había acabado.

Estrella había llevado una vida dura “Yo he vareado muchos colchones” decía con seria sonrisa. Acostumbrada a trabajar desde muy niña, dentro y fuera de casa mientras estudiaba. Acostumbrada, ya casada, a trabajar también dentro y fuera de casa atendiendo a sus hijas, a sus abuelos y a sus suegros cuando hacía falta. Una tía dura y muy espabilada.

Dura, inteligente, espabilada, y no le fue suficiente. No lo vio venir. No supo o no pudo. El caso es que de la noche a la mañana el futuro, que en su mente seguía serenamente la inercia de 30 buenos años de matrimonio, se le borró de los ojos, de los pies y del corazón. Se quedó sola.

Sola, acompañando la soledad de sus tres hijos que sentía dentro, en el corazón, donde guardaba todos sus afectos y su responsabilidad ¿Cuánta soledad es eso? ¿Cuánto es de estar perdido?

No dejó las clases de yoga. Iba siempre que podía. Yo la veía absolutamente abierta, herida, sincera, sin ocultarse ni ocultar nada, aterradoramente lúcida. Con esa lucidez serena y sabia que no da tregua.

No hay mayor consciencia de tu responsabilidad como profesor que ese momento. Cuando un alumno que está viviendo los peores momentos de su vida se presenta en tu clase y tiende su aislante.

No eres dueño de lo que dices

Recuerdo especialmente un día después de clase. Habían pasado varios meses. Me dijo, con serenidad, que no entendía, que no podía entenderlo, que sólo quedaba vivirlo, que no sabía cómo pero sabía que iba a hacerlo.

Su única certeza era que no podía quedarse quieta. Sabía que eso era lo que quería, pero también sabía que ella no era esa clase de persona y eso la destruiría. Ya se había matriculado para estudiar otra carrera, había buscado otro trabajo porque se iba a jubilar pronto, acudía a un psicólogo y veía religiosamente a sus amistades.

Estar al lado de un ser humano que vivía uno de sus peores momentos con una dignidad, una lucidez y una determinación tan clara me dejaba sin palabras (y eso es decir muuuuuuuuuuuuucho). Era un privilegio estar allí a su lado, verla, escucharla. No conocía palabras hechas para decir allí.

Le dije que me sentía privilegiado por acompañarla, viéndola sangrar en el fondo del pozo, peleando con las armas de la sinceridad más terrible sin comprender, sin herir y sin herirse, con aquella mirada afilada en las palabras y silencios que la cortaban en el alma. Sin quejas.

Me dijo, con su voz clara, distante y tan cercana “No sabes cómo me ayudan tus clases y cómo me ayuda hacer lo que tú dices”

A cuadros. A dodecágonos. A circulitos de luz psicodélica me quedé.

Repasé la memoria de las cosas dichas en clase y no encontré nada cargado para alcanzar aquel lugar. Yo jamás había vivido una pérdida semejante. Estrella había llenado de vida palabras que yo había pronunciado desde mi corazón sin saber todo lo que podían guardar.

No eres dueño de lo que dices. Siempre he oído esa frase en el contexto de Sí eres dueño de lo que callas, pero nunca la había visto funcionar en su lado absolutamente fértil y positivo. Estrella se había adueñado de mis palabras y las había llenado de vida. De la más la dura.

A día de hoy Estrella ha vivido varias vidas desde aquélla. Por supuesto que se licenció y emprendió nuevos proyectos. Actualmente su favorito es el tan necesario de abuela, al que dedica muchas de sus horas y todo su inmenso, profundo y oceánico amor.

 

Tu clase, un espacio sagrado

 

Una clase de yoga puede (debe) convertirse en el lugar sagrado en el que los alumnos (y el profesor) encuentran las herramientas indispensables para sus transiciones, para sus mudas de piel de camino a desvelar el color de sus almas. A veces puedes controlar una parte del proceso desde tu lugar de profesor, pero en realidad sucederá independientemente de ti. Tú sólo puedes hacerlo lo mejor posible, y sólo puedes hacerlo así si eres tan honesto con tus alumnos como lo eres contigo. Si lo que muestras tiene el valor de ir superando tu frustración y tu miedo. Si peleas por vivir en el contento (≠ felicidad) y puedes enseñar a otros ese arte marcial tan refinado contra la queja.

Por supuesto le pedí a Estrella que me dijese aquello que yo había dicho que la servía. Me lo dijo. No puede retenerlo en la memoria. Estaba demasiado ocupado viendo, viviendo y sintiendo las mareas del instante, atestiguando la fuerza de Estrella en el fondo de su pozo, la terrible belleza de aquel combate que revelaba a una guerrera a su pesar. No me quedaba espacio para la vanidad. Por supuesto, olvidé las palabras. No eran tan importantes para mí.

Así pues: ¿Cómo vender yoga?… Y hacerlo bien.

 

No se puede. El yoga no existe. Existes tú intentando ser transparente como el cristal y pulido como un espejo para que cada alumno pueda reflejar sus miedos y sus esperanzas de camino a sus raíces. Es radical. Es personal.

Existes tú mostrando cosas reales en ti pero cuyo valor en el futuro de tus alumnos no controlas. Existes tú diciendo lo mejor que sabes, palabras que ignoras… Y sabes perfectamente, truhán,  que existes a pesar de ti… bien que lo sabes. Por eso das clase de yoga. Por eso tu presencia es necesaria a otros. Ellos necesitan sentir una compañía, en ellos, mayor que la suya propia, y tú de eso sabes.

Así que haz eso que haces tan bien. Cálmate, profundiza y pregúntate ¿Para qué sirvo a los otros? ¿Cuál es mi mayor valor? Confía en que esa compañía profunda te ayude.

Y al encontrarlo, ofrécelo sin temor, abiertamente a los demás. Otros lo necesitan. Otros te necesitan. Toma esa responsabilidad. Muéstralo abiertamente para que quienes te necesitan sepan encontrarte. Encuentra las palabras que les ayuden a encontrarte y envíalas lo mejor que puedas.

No es nada fácil vender yoga. No es nada fácil descubrir tu valor. Pero tú estás ahí por eso ¡VENGA!

Espero haberte ayudado a preguntarte

-¿Cuál es mi valor?

-¿Cuánto vale lo que hago? –

-¿Qué es lo que hago realmente?

 

…Y si tienes dudas, que sepas que con una baraja de tarot en las manos, soy un valioso psicotrópico: puedo ayudarte a ver…

¡Aquí estoy!