Los yoguis también se rompen

La reflexión personal de un yogui-pero-no.

Sólo existe una sonrisa infatigable.

¿Qué pasa cuando un yogui se estropea?

Que eso no pasa.

Los yoguis tienen prohibido, por contrato mitológico, y supongo que pronto por Decreto Ley, deprimirse, angustiarse, despotricar y zurrarse en los muertos.

Porque los yoguis ofrecen un servicio de felicidad correcta y bien educada sin aditivos químicos, acompañado por un plus de salud perfecta y delgada.

Pero aunque las Sagradas y muy tradicionales Escrituras de toda la vida, la costumbre, Instagram y Facebook digan que no, los yoguis también se rompen.

Pero no lo cuentan. La mayor parte de yoguis sensatos y autores de antiguas escrituras ese día no escriben, no se hacen foto para el instagram ni en “En qué piensas” postean:


Si ha tenido un disgustín, un yogui posteará algo así:

Si se le ha roto algo más serio y le ha afectado sus facultades, posteará esto otro con rotundo convencimiento:

Pero si ha pasado.

Si se ha roto.

Puede que no se conforme con un sutra. Puede que elija, simplemente, vivir el dolor a pelo.

Puede que despotrique y se salte su dieta de pensamientos, poses y alimentos perfectos.

Puede que llore, puede que empiece una buena bronca.

(…Y si va de gurú, puede que aproveche su tristeza, la exhiba ante sus discípulos, los haga llorar a ellos y entonces él se sentirá mejor… )

Los yoguis también se escangallan.

Si piensas hacer yoga para que no te duelan las cosas que se tienen que romper, tal vez te equivoques. Eso que buscas no existe. La vida supera al yoga. Y a veces debe de doler.

Creo que el yoga te propone una introspección sincera, no un analgésico. Si te rompes, cortas más profundo para sanar y llegas donde no hay nada. Y duele ¡Cómo duele la nada! Y estás solo

¿Estás solo?

No.

Nunca lo has estado. Nunca podrás estarlo. Eso sí que es una ilusión tóxica que hay que romper

Es lo más parecido una verdad que conozco.

Y creo que los textos clásicos con todas sus sentencias sobre egos, ilusiones, unidades y dualidades no hacen mucho por quitar esa ilusión tóxica. A veces me parece que indican más una huida hacia adelante desde el terror hacia una ilusión más cómoda, que auténtico discernimiento, consuelo y compasión.

Siempre hay alguien que me dice que no he entendido, que no he sabido interpretar la metáfora o que no medito lo suficiente… puede ser.

Pero es que a veces te rompes.

Es necesario.

Te lo cuento con un western clásico de katana de un héroe irrompible.

Musashi, el samurái de hojalata.

Hace unos cuatrocientos años Miyamoto Musashi, el legendario samurai japonés, a sus 30, cubierto de sangre ajena y rodeado de cadáveres se preguntó:

-Los he matado a todos (parece que te pongo el final de la peli, pero no. Él empezaba así sus cosas)…

…-Y los maté a todos ¿Porque eran todos unos zotes, cosa que no me da mérito? ¿Por mi habilidad natural, que tampoco amerita? ¿Por voluntad divina, que lo mismo?… ¿O los maté a todos porque lo merezco porque realmente poseo una estrategia superior…?”

Como no era tonto se dio cuenta de que era una suma de las tres primeras, porque “¿…Y cuál es?” no es una estrategia.

No le bastaba.

Musashito estaba roto por dentro. No podía sentirse orgulloso de sí mismo a pesar de ser el único en pie entre los cadáveres.

Si no los había matado con total consciencia de sí mismo, lo que él llamaba “Estrategia”… Entonces, ni él había matado ni había matado nada porque ¿Quién había hecho qué? ¿Quién era Musashi? ¿Marioneta de los dioses, casualidad de la naturaleza, destino, mecanismo programado…?

Eso ni era matar ni era nada (nadie pudo oponerse). Aquí tenemos el grito existencial del hombre moderno “-Mato pero… ¿existo?”

Lo cierto es que desde aquí, a ti y a mi nos queda muy claro. Tú y yo le diríamos (de lejos): “Majo, pregunta antes de desenvolverlos, cuando aún te puedan responder.”

Musashito se pasó los siguientes 20 años introspectado, digamos que matando desde su yo interior con atento detalle, haciendo viajes de estudio y estocada por los caminos hasta desentrañar el espíritu de La Estrategia (y un montón de samuráis).

Él y sus víctimas llegaron a la conclusión lógica de que todas las demás escuelas estaban equivocadas.

Y se equivocaban porque se basaban en la técnica, lo que las hacía iguales a todas ante Musashi que ya sabía que había algo superior a toda técnica sin saber lo qué.

Aunque lo qué, tenía un nombre. La mítica “La Estrategia”.

Musashi conocía el nombre de lo que buscaba. Sólo tenía que rellenarlo. O más bien meterse dentro. Deseaba poseer “La Estrategia” por encima de todo. Eso le daría una identidad real, superior y exclusiva.

Un poco como el Hombre de Hojalata y el Corazón, pero por un camino de baldosas rojas.

Lo Que No era la estrategia estaba muy claro: no era una habilidad física, no era técnica, no era favor divino, no era causalidad.

Finalmente, con 60 años, siempre fiel a su estilo de matar sin haber preguntado, escribió El Libro de los Cinco Anillos, donde, como con cualquier verdad inefable sólo pudo explicarse y explicarnos su arte de la Estrategia, su dios, en términos de Lo Que No:

Tomando el Vacío como Camino, verás el Camino como Vacío”.

No técnica. No favor divino. No naturaleza. No causalidad. No dogma. Nada. El Vacío.

Un vacío lleno de atención y tensión, de desprecio absoluto por la propia (y la ajena) vida. Un trono de voluntad absoluta y desprendida de sí misma. La nada interior de un átomo que es un huracán de electromagnetismo intocable.

A veces el Yoga me parece lo mismo. Sal al camino, practica, destruye el ego. Extingue tus apegos. Cuando no quede nada que destruir, ahí está el todo, que es Nada y es lo mejor y más verdad y más real y ningún nombre le hace justicia.

Respeto y me admira el Libro de los Cinco Anillos, pero no me gusta. Tampoco me gusta demasiado el Baghavad Ghita. Ni las Biblias. Prefiero a Terry Pratchett, a Carlos Ruiz Zafón, a los antiguos mitos.

Pero a mi manera, Musashi me inspira. Me ayuda a entender mi ¿camino? y lo que no será nunca. En cierto modo, él y yo nos hacemos las mismas preguntas desde universos diferentes.

Yo no soy un asesino. Son otros tiempos. Yo soy un buen tipo.

Y no soy un buen tipo porque haya practicado, leído y emulado cosas de yoga. No ha sido la técnica del yoga. Desde luego que tampoco La Estrategia.

Yo soy un buen tipo por obligación. Mi familia no da alternativas. Vengo de una familia donde todos acabamos siendo buenos. Algunos acaban siéndolo después de muertos, eso sí. Algunos otros acaban muertos por ello, eso también. Pero al final, todos buenos.

Como tantas otras familias, no sólo arrastramos paranoias y Edipos. Junto a ellas arrastramos otras cosas.

Mi familia y otros animales

 

No parezco diez años más joven por el yoga que practico. En mi familia somos así. Por eso los diez primeros años de nuestras vidas son muy complicados y tendemos a ser bastante narcisistas para sobrevivir “-¡Existo!” “-¡Existo aquí!” “¡Miradme, leches!” Por eso en mi familia muchos de mi generación somos profesores, artistas o jefes. Nos resulta fácil llamar la atención sobre nosotros mismos.

No soy profesor de yoga porque tenga un mensaje para el mundo, sino porque tenía que ser profesor de algo, porque sé llamar y sostener muy bien la atención porque necesito que me hagan caso y porque soy buena gente y se me da bien enseñar. Es algo familiar.

No soy flexible por el yoga. Se llama hipermovilidad, y también es familiar.

Así que sé que algunas de mis habilidades como profe de yoga o como yogui no vienen del yoga. Como Musashi, yo también sé Lo Que No.

Y como Musashi, salí al camino a descubrir Lo Qué.

Lo intenté, esto del yoga, porque Patánjali no es tan cruel. Él no te obliga a matar a nadie de tu familia para que entiendas, como hacen Krishna o Jehová con un amor que me parece despreciable. Al menos Musashi no te mataba porque te amaba.

Lo he intentado con el yoga porque Gandhi, empleando la Estrategia de la No Violencia, rompió la historia humana derrotando a un imperio. Al lado de Gandhi y su victoria, Musashi perdió todas sus batallas. Pensé: “Esto es el arte marcial supremo.”

Lo he intentado porque he conocido a pie de calle a yoguis geniales. Y me parecían buena gente, como de casa pero más sabios, esclarecidos y relajados.

Lo intenté para ver qué de cierto, de real, de existente había en mí como “yo”.

Y no había tanto. El yoga me ha mostrado, bien clarito, que soy una ilusión.

Y es que no me caigo mal. Me gustan mis apegos. Algunos de ellos son mi mejor parte. Otros me cortan como espadas. No puedo liberarme para siempre de los segundos sin hacerlo de los primeros porque van juntos. Son lo mismo en momentos diferentes. No deseo asesinármelos. Ni puedo.

No quiero acumular cadáveres en el camino para decir que el camino está vacío y que el vacío es el camino.

Creo que un camino así es terrible.

Lo que recompone a este no-pero-yogui cuando se quiebra es la familia, que además de mis amados, para mí son la memoria, la imaginación, la voluntad, los animales que viven en casa, los sueños, el rock, las pelis de Hayao Miyazaki, el café, una pipa con latakia, mis sesiones de yoga, mis clases, mis alumnos.

No El Yoga. No Patánjali, no Krishna, no La Verdad, No Dios.

La Ilusión.

Bueno. No tengo problema con saber que soy una ilusión, una fluctuación, un efímero. Incluso es un consuelo. Incluso me encanta.

No entiendo la eternidad. No necesito ser de verdad. Esto me coloca en la compañía, a mi modo de verlo de Sancho Panza, Satanás y Jesucristo, por ejemplo. Buena compañía para una noche de chicos.

Así que cuando la muerte toma un trozo de ti, la hermosa ilusión de otro, no me sirve el rollo de la ilusión falsa y la verdad verdadera ni la reencarnación ni el cielo. Y no sirve desenfundar el katana y destriparlo todo a ver quién queda en pie el último y supremo y real y verdadero… Y vacío e intocable átomo.

Los yoguis también se rompen.

El yoga no es una vacuna para el sufrimiento. Lo mejor que creo que puede llegar a ser es una compañía silenciosa que no te impone nada, pero está ahí.

Sirve para que, con todos tus sentidos lo más afinados que puedas, escuches en esos momentos, cómo Todo es tu Familia.

La pregunta es ¿Qué sale del cascarón roto de un yogui?

No lo sé, Pero sí sé Lo Que No. Si no ríe y no llora, si no está pegado a toda vida con toda su sangre y la siente dentro aunque parezca fuera… si no es vulnerable; ni se ha roto, ni ha salido… ni creo que sea un yogui.

Para Zaki y Nala. Dos pequeños dioses.