“No eres las cosas que haces. No tienes que hacer cosas importantes para ser. Sé. El ser siempre hace lo que es necesario, no lo que es importante”

                                                                                                                                            Mariví

“Para un chamán, zona de comodidad no es un concepto. Es de donde te estás yendo. Espíritu, ser, tampoco son conceptos. Es adonde estás yendo”

 

Yo, haciendo cosas importantes. 1.993

 

 

Hace casi veinticinco años, cuando aprendía con tres chamanes y les organizaba y asistía en sus cursos, descubrí durante un retiro urbano que los bártulos chamánicos y el equipo de música no habían llegado a la sala. Tenía menos de media hora para ir y volver con:

-Un potente radiocassette de los noventa, de los que se llevan al hombro estilo nazareno en via crucis.

-Un tambor africano XL sin funda (me quedaba un hombro, o un sobaco prensil).

-Varios tambores chamánicos americanos.

-Mochilas de acampada y bolsones de viaje rebosantes de objetos de poder, muchos de ellos piedras. Todos vivos en universos paralelos y algunos también en éste.

-Un didjeridoo, un palo de lluvia enorme, maracas, caracolas…

Era imposible, pero alguien tenía que hacerlo y no vi más alguienes. Me lancé. El material estaba en una casa a media hora de distancia andando a buen paso. Era hora punta, así que ni hablar de coches, taxis o buses. Fui corriendo, cogí los trastos y volví con mi mejor esfuerzo. Tardé 45 minutos.

La puerta del centro estaba cerrada desde dentro.

Se oían cantos (bajo mis estertores). El olor de la resina de copal salía por debajo de la puerta. Estaban en plena faena ¡Sin música! ¡Sin tambores! ¡¡Sin mí!!

Fracaso absoluto

Media hora después, autocompadeciéndome sobre el djembé, me encontró uno de los chamanes que no participaba en la ceremonia y debía haber salido a darse un paseo.

-¿Qué haces aquí? ¿Te corrieron?- preguntó secamente.

-No. Fui a por las cosas-. subrayé con un redoble.

-¿Te lo pidieron?

-…No… Pero vi que no estaban -contesté intuyendo en la pregunta algo que no quería intuir.

-¿Y Llevas mucho?

-Una media hora.

El chamán, el hombre silencioso del grupo, no dijo nada más. Se sentó en una mochila apoyando la espalda en la pared fumándose un cigarrillo de vez en cuando.

Como una hora después se abrió la puerta. El humo denso, espeso y dulce del copal salió como de una erupción volcánica. Entre él emergió uno de los chamanes que había llevado la ceremonia y me clavó al suelo con una mirada dura. Desde el suelo se lo veía y olía muy sagrado e imponente.

-¿Dónde estabas?

Señalé los trastos.

-Fue por el equipaje -respondió el otro chamán a mi espalda encogiéndose de hombros.

-Díganle que entre -ordenó desde dentro entre el humo del copal, la voz del tercer chamán,  Mariví.

Los otros dos se miraron entre ellos y me miraron a mí .

Mirar a la vez a dos tipos que te observan desde sitios opuestos es imposible, das la espalda a uno para mirar al otro. No es cómodo, la nuca te cosquillea todo el rato. Es aún más incómodo cuando comparten un secreto con otro brujo que te llama desde la oscuridad.

Y es mucho más que incómodo cuando sabes que todos saben que lo has fastidiado y tú querrías no saberlo.

El chamán de la puerta se apartó un poco para dejarme pasar. Un poco. El otro aplastaba una colilla.

-Yo me andaría con cuidado con la bruja de dentro -me dijo entre dientes cuando pasé junto a él-

Éste era el chamán simpático y me gustaba pensar en él como mi amigo. Cuando entraba en modo brujo no tenía amigos. Nunca lo había visto tan brujo.

Los asistentes al curso aún estaban en la sala tras la puerta cerrada al fondo de la recepción, sin duda relajaditos y muy felices. La bruja me esperaba tras la copalera, que humeaba sobre la mesa del pequeño vestíbulo. Me acerqué a la brasa del cigarrillo que brillaba entre el densísimo humo.

-Hola -dije-. Ella no dijo nada. La brasa del cigarrillo brillaba con intensidad.

-Las cosas… -continué, pero ella me interrumpió.

-Las cosas no son necesarias, tú sí- me espetó en voz baja y muy clara

Hice lo que se hace en estos casos. Empecé la misma frase por el otro lado:

-Yo…

Ella me dejó seguir…No supe hacerlo.

-Las cosas no son necesarias, tú sí- repitió. Siempre haces lo que sea para no hacer lo que tienes que hacer.

Directo al hígado. El golpe subió al diafragma, que quedó atado y tenso como una vela al viento.

No podía llegar a las palabras que lo explicaban pero, aún sin ellas, sabía perfectamente y a mi pesar lo que estaba pasando, lo que había pasado, lo que iba a pasar. La magia es así y allí, en la cueva de la bruja, la magia llenaba todos los espacios.

-La ceremonia de hoy era un regalo para ti -dijo la hechicera. Y tú te desapareces de tu propia iniciación.

Así sin más, una simple frase y ya estaba viendo toda mi vida pasar ante mis ojos. O más bien, sintiéndola bajo los pies como el abismo que siempre quería evitar y en el que ahora caía a plomo.

El cigarrillo brillaba intensamente consumiéndose en caladas inverosímiles, y yo sentí esa certeza íntima, oscura, terrible, que todos conocemos y nos esforzamos tanto por no pensar. La sentí pegada dentro de mis párpados, de mis oídos, de mi pecho, de mi lengua, como el humo del copal.

En mi caso, la certeza vertiginosa que subió hasta mí con la fuerza del fondo del abismo contra mi cara, era que yo siempre escapaba de la decisión correcta para darlo todo en la equivocada. Y luego me rendía porque sabía que no iba a llegar a ninguna parte.

Vivía tras un arsenal de excusas blindadas para mis fracasos, lo que me permitía rendirme cuando me daba la gana.

-Las cosas no son necesarias -volvió a hablar la bruja. Son sólo una excusa. Tú sí eres necesario. Lo necesario no es lo importante. La importancia personal mata ¿Entiendes?

En aquel mundo usábamos mucho el tema de la muerte y la Importancia personal castanedianas. Yo leía mucho a Castaneda y jugaba el juego con todas mis ganas (y con todas mis excusas). La bruja lo vivía con una lealtad inquebrantable y sin excusas, lo que la había convertido en una de sus poquísimas aprendices directas.

-Sí -Respondí.

-Los cojones -soltó con voz ronca. Le gustaban las groserías españolas. Las pronunciaba con impecable acento y tono áspero de macho ibérico que lograba apretando el culo, metiendo la barbilla y enderezándose como un palo de escoba. Era fantástica. Me reí. Ella no.

Aspiró profundamente el cigarro y me explicó.

-Si lo hubieras sabido no te habrías ido y habrías vivido una ceremonia exquisita que ellos llevan preparando para tí desde México-. Señaló la puerta de la calle.

Me dejó digerirlo un momento y continuó

-Hasta Miguelito salió a buscarte. 

-Te has ido porque tienes que sentirte importante- continuó. Si no te sientes importante por las cosas que haces, temes verte y que te vean como pinche babosa, que es como tú te ves.

De repente no había humo. Ni brasa de cigarrillo. El brillo era el de sus ojos de cobalto que se clavaban en los míos.

-No eres las cosas que haces –me dijo muy despacio y muy claro. No tienes que hacer cosas importantes para ser. Sé. El ser siempre hace lo que es necesario, no lo que es importante.

Me dejó sentirlo. Hoy, ahora mismo, lo sigo sintiendo. Las olas de aquel momento llegan a todos los momentos de mi vida.

Y seguía dando caladas muy profundas entre estacazo y estacazo.

-Prefieres matarte de importancia antes que detenerte a escuchar tu silencio, tu corazón- añadió.

La brasa se acercó hasta casi tocar mi pecho rígido, retrocedió y ardió intensamente en otra calada inacabable.

-Te esfuerzas demasiado para huír de lo necesario, de lo que eres, haciendo pinches… cosas importantes -terminó aplastando la minúscula colilla. Excusas de babosa- concluyó.

La puerta de la sala se abrió. La luz inundó la recepción donde el humo se disipaba. La gente salía resplandeciendo. Caminaban con la ligereza que da haber purificado y recorrido el camino hasta el propio corazón y gozar de su luz. Algunos eran alumnos míos. Quería esconderme de sus miradas limpias.

Me sentía babosa del todo. Quería largarme a infectar otro sitio con mis excusas importantes, meterme en una alcantarilla secreta lejos del juicio de los ángeles. Necesitaba desaparecer a lamerme mis heridas.

-¿Te mataron? -dijo una voz a mi espalda. Me giré. Era el chamán simpático con su cara de brujo. Mi amigo. Intenté pensar en una disculpa por haber fastidiado la ceremonia. Mi ceremonia. Su ceremonia. Su ceremonia para Mi. Se adelantó.

-Si no te mataron estás vivo. Haz algo útil, entra los trastes al salón y colócalos-. Agitó admirativo la mano en el aire y silbó. Menos mal que los trajiste -prosiguió. Harán falta en el siguiente ejercicio.

-¿En serio? -pregunté con desconcertada esperanza.

-En serio- respondió la bruja pasando detrás de mí. Me giré para ver el vuelo de su abrigo desapareciendo por la puerta.

-En serio- respondió a mi espalda el chamán silencioso, que había entrado no se sabía cuándo y ahora también se iba. Volví a girar para verlo salir. Me saludó con la mano sin volverse.

-En serio- dijo mi amigo el chamán a mi espalda, agarrándome por los hombros y girándome de nuevo hacia él. -Yo nunca he sabido qué hacer con tanto traste -dijo mirando la montaña de cachivaches a mi espalda- Menos mal que tú sí. Los trajiste todos. -Entrecerró los ojos. Hasta mis calzones trajiste.

-Haz algo bonito con estas personas tan hermosas- continuó muy serio y me guiñó un ojo con su impasible cara de brujo. Haz que sigan en la luz… Y deja en paz mis calzones, haz el favor… ¡Chao compadre, ahí nos vemos!

Me soltó y se fue.

Me dejaron allí. Con mi  acorazado de excusas importantes explotando a la luz de millones de vatios de magia. Me dejaron con el culo al aire en el centro del escenario, entre nubes de copal, emparedado entre un coro de querubines voraces como tiburones que exigirían más muy pronto y la posibilidad de seguir quejándome de cosas importantes…

…o hacer lo necesario.

Para un chamán, zona de comodidad no es un concepto. Es de donde te estás yendo. Espíritu, ser, tampoco son conceptos. Es adonde estás yendo.

 

Yo, aprendiendo lo necesario con todas mis fuerzas.